Friday, 20 Abril 2018

 
Rufino es una localidad, al extremo sudoeste de la provincia de Santa Fe, República Argentina.en la intersección de las rutas nacionales 33 y 7. Se halla a 284 km de Rosario y a 412 km de la ciudad capital de la provincia. Dicen que el Monolito de Plaza Sarmiento se consttruyó para tapar el ingreso al infierno.
 
La “versión oficial” dice que ese lugar fue el elegido para señalar la altitud de la ciudad sobre el nivel del mar. Pero, en realidad, ese cuadrilátero con forma de ring de boxeo enclavado en el sector de los juegos infantiles de la plaza principal tiene otros orígenes, mucho más escabrosos, por cierto. Quienes conocieron esta zona desde antes de la fundación del pueblo se encargaron de dejar para la posteridad historias que demuestran que en ese sitio se encontraba una de las pocas entradas que tenía el mundo para llegar al infierno y que, por ende, era también salida desde las profundidades malignas hacia la superficie. Y cuando esta región aún no estaba muy poblada, esa abertura era una de las más elegidas por los demonios para apersonarse en la tierra. 
 
 
 
 
La batalla del cacique Tuguacane contra el mismisimo Lucifer
 
Ha quedado registrado en la memoria popular, a través de relatos de los mayores, el famoso enfrentamiento que protagonizó el cacique pampa Tuguacane con Lucifer, más o menos por donde ahora está instalado el tobogán grande. Es que este cacique sabía que el daño que se estaba provocando en su toldería, enclavada por donde ahora está la estación de trenes, tenía como único responsable al enviado de Satanás. Y una noche decidió ir en su búsqueda para acabar con la maldición. La lucha sangrienta se extendió por espacio de aproximadamente tres días, ya que ninguno de los contendientes claudicaba y continuaba la pelea con saña. Hasta que Lucifer recibió la ayuda de Belcebú quien, atacando a traición al líder pampa, le asestó una puñalada por la espalda que terminó con su vida.
 
Encuentran osario
 
El poblado se desintegró, los pocos que alcanzaron a huir salieron en búsqueda de lugares más pacíficos, en tanto que muchos otros -la gran mayoría- no pudieron escapar de las garras del demonio y perecieron en el lugar. Se cuenta que, décadas más tarde, con la ciudad ya fundada y estando en construcción el puente que pasa sobre las vías del ferrocarril, los obreros encontraron en una de las excavaciones un gran número de huesos, probablemente humanos, que hacía suponer que se trataba del camposanto de la toldería o de los restos que dejó la matanza hecha por Lucifer. 
 
La caballería de Urquiza
 
Unos años después de aquella pelea, una línea de caballería del ejército de Urquiza que iba a enfrentar a Rosas se apartó demasiado del recorrido original y, perdidos como se encontraban en la pampa, hicieron noche acampando en este lugar, se dice que por donde ahora está la estación de servicios. Y coincidió con otra de las tantas salidas de Lucifer a la superficie. Cuando el representante del demonio divisó las carpas adoptó una forma humana que le permitió mimetizarse entre la tropa.
 
Aprovechando la circunstancia, Lucifer fue exterminando uno a uno a los soldados. Dos de ellos, al descubrir que el asesino no era uno de los suyos, más que nada impresionados por el extraño brillo que salía de sus ojos, y sabedores de las leyendas que narraban sobre las apariciones del diablo, cayeron en la cuenta que se trataba de una de sus crueles visitas y se dieron a la fuga. Gracias a los testimonios que transmitieron a sus superiores cuando consiguieron localizarlos, se conserva hasta hoy este relato. Los cadáveres de los alrededor de trescientos milicianos se dice que permanecen bajo los árboles del otro costado de la plaza. 
 
La abertura en la plaza principal
 
Luego se fundó la ciudad y la zona se fue poblando. Pero los ministros del infierno nunca dejaron de abandonar el Pandemonium para ascender a la superficie. En los primeros años de vida del pueblo, por entonces apenas una colonia, esas apariciones fueron escasas en cuanto a su duración -de apenas un par de minutos-, pero continuas. Los colonos de entonces, sorprendidos por esos hechos, estaban muy preocupados, como también intrigados por saber qué significaba esa abertura en un costado de la plaza. Como seguramente también lo estuvieron las autoridades del infierno, porque todos concluyen en que esas visitas casi permanentes se debían a que los demonios podrían estar sorprendidos de ver el crecimiento del poblado alrededor de su salida al exterior. 
 
 
 
 
Plaza principal
 
Así fue como a comienzos de 1900 el anciano curandero Azdrúbal Capaquen, uno de los últimos descendientes de los indios querandíes, tomo una decisión que fue considerada como una locura por sus conocidos. Una noche de luna llena, e intuyendo que se podría tratar efectivamente de una vía de comunicación con el infierno, se introdujo por ese pasillo que lo llevaba supuestamente hasta las produndidades más recónditas. Al cabo de unas horas regresó a la superficie y, a partir de entonces, no volvió a pronunciar palabra alguna hasta el día de su muerte, ocurrida un par de meses después. Sus amigos trataron siempre de intentar conseguir algún testimonio, pero su mirada perdida y su mutismo lo tornaron imposible. También perdió los poderes que tenía para curar, lo que todos interpretaron como un castigo que le aplicaron en el infierno por la osadía de haber bajado hasta sus dominios. La represalia de los demonios no se hizo esperar, porque en venganza produjeron una inundación en la ciudad que hizo estragos en la población. 
 
Algunos habitantes -como siempre sucede- no creían en estas historias, de las que incluso se burlaban y tomaban en sorna a quienes las defendían, y acusaban de único responsable de la inundación ocurrida a principios del siglo pasado a las fuertes lluvias caídas por ese entonces. Pero las autoridades municipales de esa época estaban muy preocupadas por no encontrarle la solución al problema, al que lo creían real y no les caía en gracia tener en el centro de su ciudad una de las entradas y salidas del infierno. Así fue que recurrieron a autoridades provinciales y nacionales para solicitar ayuda o algún consejo, consiguiendo como resultado una alternativa que se llevó adelante y posiblemente haya significado la desaparición del problema. 
 
Se construyó una especie de monolito rodeado por un cuadrado metálico, y en su superficie se colocó una plaqueta que dice: “Instituto Geográfico Militar Argentino. 112. Punto Altimétrico. Hasta cuatro años de prisión a quien destruya esta señal”. Lo que no deja de ser cierto, pero que en realidad fue una excusa para ocultar una realidad cuyas consecuencias podrían haber sido más graves si la situación no se detenía. Y la última frase de la placa es por demás intimidatoria y, además, deja entrever el miedo existente en quienes la instalaron, que de esta manera intentaban que el acceso nunca vuelva a quedar descubierto. 
 
 
 
 
Desde entonces no se produjeron nuevas apariciones y se cree que el tema está bajo control. Pero, sin embargo, siguen sucediendo cosas llamativas. Distintas personas han contado varias veces haber oído ruidos extraños provenientes de abajo de la construcción, cuando ocasionalmente pasaron por ese lugar de la plaza. Consultados viejos habitantes de la ciudad, aquellos que fueron testigos o con un mayor conocimiento de las historias ocurridas, calculan que se podría tratar de intentos de Satanás o de sus enviados de pretender volver a la tierra, y que estarían destruyendo desde abajo la cobertura que se le puso a la salida, para así poder volver a asolar la zona. 
Hoy en dia revelamos la existencia en Rufino, de dos puertas que conducen al infierno. Una en el supuesto mojón del Instituto Geográfico ubicado en la plaza. Y la segunda en la mismísima iglesia, a pocos metros de allí. 
 
Preocupacion, curiosidad en algunos casos, y un palpable temor y prevención en otros.A nadie le hace gracia vivir en un pueblo donde, en cualquier momento, se abren dos bocas del averno y escapan en tropel terroríficos demonios. 
 
Otros me han expresado sus dudas e incredulidad sobre esta historia. Y desean que se profundice la investigación. Comparto esa inquietud y afortunadamente la ciencia ha venido, de manera inesperada, a prestarnos su imprescindible ayuda. Ya verán por qué digo esto. 
 
Una de las incógnitas que quedaron flotando despertando la mayor porción de dudas, era la siguiente. Si la puerta del infierno que está en la plaza fue señalizada, demarcada y rodeada con un corral de hierros para evitar aproximaciones peligrosas, ¿por qué no fue señalizada la otra puerta, la que está en la iglesia? Y aquí es donde entra la ciencia, la topográfica, para más precisiones. 
 
Un amigo que es agrimensor, luego de publicada aquella inquietante contratapa, me trajo un antiguo libro del Instituto Geográfico Militar, datado en 1945. Allí está asentado el registro de una línea de cotas (alturas sobre el nivel del mar), que se inicia en San Urbano, que es el antiguo nombre de Melincué. Y finaliza en Rufino. 
 
El registro revela que en nuestro pueblo hay dos señalizaciones. “Tetón y caja protectora en la plaza Rufino”; y “Chapa 44 Iglesia Rufino”. Ahí fui cámara en mano. Y encontré la mencionada placa, semioculta entre dos columnas, abajo y a la derecha de la puerta de entrada al templo. 
 
 
 
 
 
La incógnita ha sido develada. Las dos bocas del infierno fueron señalizadas. Más sutilmente la de la iglesia, por obvias razones. 
 
Ahora bien, ¿por qué nuestros antepasados eligieron advertirnos de estas maléficas oquedades, a través de una línea que parte de San Urbano? 
 
Investiguemos. El tal Urbano, luego canonizado, fue Papa de la iglesia romana en el año 222 del Siglo III. En la Edad Media, se lo invocaba para ahuyentar los demonios de las tormentas. 
 
Ta clarito que el que habla es el muñeco, dijo un amigo mirando a Chasman y Chirolita. Año 222 del siglo 3; 222 por 3, igual a 666. Ahhhhhh.... ¿se entiende ahora? El 666 es el número de la Bestia, el Anticristo, el mismísimo Lucifer hecho carne y aparecido en el mundo... ¿en Rufino? 
 
Otra advertencia. San Urbano ahuyentador de tormentas. La línea en el registro del Instituto Geográfico es como una flecha, de San Urbano a Rufino. Tormentas, inundaciones, un mar subterráneo, ¿le suena? Y la última. No es para alarmar a nadie, ¿pero vio la foto? ¿No se está descascarando el muro de la iglesia alrededor de la señal?... 
 
SOSPECHAS
 
Un lector del Diario cuya iniciales son M.S. nos cuenta lo siguiente. Hace muchos años, cuando era pequeño, solía sentarme los domingos por la tarde bajo la higuera del patio, en la falda de mi abuelo materno. Él se encargaba de contarme las historias más disparatadas, aunque algunas de ellas, debo confesar, parecían tan reales, tan posibles de ocurrir. Pero hubo una historia que marcó mi infancia, y es justamente por ésta que sus relatos en la contratapa me produjeron una conjunción de sentimientos. 
 
“Mi abuelo insistió siempre en una narración, que hasta sus últimos días juró que era verdad y que había ocurrido aquí, en nuestro Rufino. Me contaba que en su infancia, allá por 1905, más exactamente el 24 de Junio, Rufino se llenó de científicos, sacerdotes, espiritistas, entre otros especialistas de las ciencias, especialmente de las ocultas. Nada se supo en el pueblo del por qué de estas visitas. Pero mi abuelo sí lo supo. Este grupo de personas estaban presentes en nuestra ciudad para estudiar supuestos sucesos paranormales, que casualmente se daban en la plaza y frente a ella, en la parroquia. Éstos se encargaron de sellar y cercar, como Ud. bien lo expresó, las dos puertas del infierno que posee nuestra localidad. 
 
“Pero mi relato no concluye aquí. Pocos días antes de morir mi abuelo, siendo yo casi un adulto, me llamó a su habitación, donde estaba postrado hacía casi un mes, y me dijo: ‘querido nieto necesito entregarte algo para que guardes toda tu vida, no es un tesoro, es un peligro del que nunca debes revelar su existencia, salvo cuando realmente sea necesario, y tu sabrás cuando hacerlo. A mi me lo dieron por ser una persona común, a quién nunca vendrían a buscar. Sé responsable porque tendrás el poder para abrir las puertas del infierno’. 
 
“Dicho esto me envió al ropero, y me hizo sacar una caja negra, dentro de ella había una carta, y debajo un llavero muy antiguo, con elementos que parecían ser llaves, pero poseían una forma extraña, casi imposible de describir. Yo tomé esa caja y la guardé sin darle demasiada importancia.
 
“Es por todo esto que cuando leí sus contratapas, entendí, primero que mi abuelo contaba historias reales. Segundo, que tendría que haber prestado atención a lo que me dijo antes de morir, y haber indagado sobre ese tema. Y tercero, que tengo en mi poder las llaves que abren las puertas del infierno, ubicadas donde Ud. dijo que estaban. Pero le comunico que la caja contenía 3 llaves, no 2, así que le recomiendo que busque cuál es la tercera, por las dudas. 
 
“Concluyendo con mi relato, prometo buscar esa caja negra, y avisarle apenas la encuentre... porque realmente no sé donde la puse!!! Atentamente, M.S.”. 
 
Estimado Emeese, como científico e investigador de fenómenos paranormales, no pude permanecer indiferente a su revelador relato. Y leídas sus líneas, me aboqué frenéticamente a la búsqueda de esa posible tercera entrada al averno. Mayúscula fue mi sorpresa, cuando revisando el antiguo registro donde el Vaticano señaló disimuladamente las bocas del infierno, utilizando mojones y placas del Instituto Geográfico, encontré la tercera puerta que usted acertadamente menciona. 
 
Sí Emeese, su abuelo no le mentía. La señalización de la tercera puerta que en Rufino conduce a las profundidades del infierno, está en la estación del ferrocarril. Entra usted por el flanco derecho de la estación, como quien va al andén dejando a la izquierda el bar de la Tía. Y allí, a un metro de altura y muy cerca del ángulo recto que forman la pared lateral y el muro que da a los andenes, está la placa. Blanqueada con cal y difícilmente visible, ahí está la tercera entrada al infierno. Obviamente saqué fotos que aquí publico. Por última, Emeese, no se preocupe tanto por encontrar las llaves. Esta puerta, como la de la iglesia, se está deteriorando visiblemente, como si algo empujara desde adentro. 
 
EL GUARDIAN
 
Tal como sucede con los mitos y las leyendas, la historia real es también una construcción colectiva. donde a partir de una vaga referencia sobre la posible, misteriosa y secreta existencia en Rufino de una o varias puertas que conducen al infierno, hemos logrado reconstruir los hechos acercándonos (¿peligrosamente?) a la verdad. Y esto a partir de la valiosa colaboración de los lectores, que han aportado los datos necesarios para ir armando este fantástico rompecabezas. 
 
En estas líneas intentaremos ir cerrando la historia ya que, verán ustedes más adelante, hemos recibido un aporte que nos da una clave para ubicarla definitivamente, en el terreno de lo verosímil. Pero antes, recapitulemos. 
 
El primer antecedente reflejado en la crónica escrita del Rufino, data de los años treinta del siglo pasado, cuando murió un conocido personaje del pueblo. Se celebraba el majestuoso responso en la Santísima Trinidad, y se abrió el piso del pasillo central de la iglesia tragándose el féretro, dos monjas del convento de Castellanos y un cura. Extrañas apariciones en la zona de la plaza y la estación del ferrocarril, abonaron con el tiempo el temor y la leyenda. Para citar un antecedente cercano, algunos recordarán aquel episodio ocurrido hace pocos años, cuando una misteriosa e invisible entidad tocaba la campaña y encendía las luces de las aulas, en la escuela ubicada frente a la plaza. 
 
El asunto es que nuestras propias investi-gaciones, nos llevaron a descubrir la secreta señalización de las puertas del infierno, señales disimuladas con mojones y placas del Instituto Geográfico. La más notoria de ellas en la plaza, rodeada con un corral de hierros y clausurada con abundante cemento. Las placas, descubiertas gracias a un agrimensor que nos acercó un antiguo libro, están ubicadas en la propia iglesia y en la estación. Ese libro, registra también el supuesto mojón altimétrico de la plaza, confirmando que son tres y no dos, las bocas del averno que se abren en Rufino. Corroboramos de esta forma, la valiosa información que nos confiara un lector, quien supuestamente heredó de sus antepasados las llaves que abrirían los demoníacos sellos. 
 
Esta semana, después de un misterioso llamado telefónico, quien escribe estas líneas pudo conversar con alguien que, pidiendo reserva de su identidad, nos aportó un dato que comienza a cerrar la historia, aunque abre también algún interrogante de difícil respuesta. Paso a contarles. 
 
A mediados del siglo pasado, había en el pueblo dos hombres famosos por sus inexplicables hazañas. Pedro Risso y Salomón Clavero, eran res-petados y temidos por sus poderes sobrenaturales. Y alguna vez, en esta página, nos hemos referido a ellos. Salomón, entre otras cosas, era conocido en el Boliche La Legua porque cuando perdía un envido con treinta y dos de mano, canalizaba su ira haciendo pasar el tren por la puerta del boliche. El tren, materialmente, no pasaba ni podía pasar, porque la vías estaba lejos. Pero se escuchaba clarito el rugir de la locomotora, temblaba el piso y el boliche se llenaba de humo. 
 
Bueno, ese era Salomon Clavero, al que muchos acusaban de tener un pacto con el diablo. Y el dato que nos aporta el lector del que les hablaba, es revelador. ¿Saben ustedes de qué trabajaba Salomón? Era empleado municipal, lo que no nos dice demasiado. Pero escuchen bien, ¿a que no imaginan cual era el cargo que ostentaba el hombre? Era placero. Cuidaba la plaza y sus alrededores. 
 
Obviamente, y no hace falta ser demasiado astuto para darse cuenta, él era el guardíán de las bocas del infierno. ¿Para quién o quiénes trabajaba realmente? ¿En que bando de esta guerra entre lo celestial y lo infernal se enrolaba? ¿Cuidaría Salomón que nadie abriera los sellos y dejara escapar los demonios, o buscaba la manera de liberarlos? 
 
Todo indica que la hipótesis central es la primera. Ya que en el viejo archivo de la administración municipal, adosada al el legajo de Salomón como un papel más, enmohecida y prácticamente ilegible, aparece la carta de recomendación que le valió el ingreso a planta permanente. Esa carta está fechada en Roma y el sobre aún conserva resabios de un sello en lacre, con el escudo del Vaticano. 
 
La incógnita que resta develar y para la cual no tenemos respuesta, querido lector, estará ya dando vueltas en su cabeza. Si las bocas del infierno tuvieron un guardián, alguien debió haber continuado esa tarea a la muerte de Salomón Clavero. Esa persona, cuya identidad ignoramos y que puede ser su vecino, o el mío, es quien tiene todas las respuestas. 
 
La investigación continua...
 
Fuente consultada: Taringa
 
E24

 
 

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